El pasado arde mal
(2019)


No sé quién solía decir en mi casa: hay que tener recuerdos. Vivir no es tan importante como recordar.
Memoria de la melancolía (1970), María Teresa León.


El pasado arde mal
se propone como una investigación plástica que tiene como eje del proceso al dibujo. A partir de fotografías del presente e imágenes del pasado de Córdoba, se tra de hacer una narrativa conectiva desde esa memoria que nos dice algo sobre nosotros y los que nos precedieron, sobre aquello que fuimos; ya que no sólo portan información del pasado sino que nos dan acceso a su registro emocional e identitario.

Las fantasías y expectativas que tenemos de la escultura urbana, los objetos, los símbolos, los monumentos, la arquitectura histórica, las tradiciones que han sobrevivido al pasado poseen un recuerdo propio traído del pasado. A estas imágenes se les puede insertar en nuevas narrativas del presente que franqueen la enorme distancia con el pasado; la distancia de la ruptura entre el entonces y el ahora, entre quien lo vivió y quien no, continúa siendo monumental e insuperable, a pesar de que imaginación se empeñe en superarla.  Este proyecto memorial marca momentos de transición y eventos culturales decisivos, no solamente para los individuos y las familias, sino también para los grupos y la comunidad. Materializar esta memoria implica comprender y analizar que ésta se lleva a cabo a través de artefactos culturales, sistemas de signos y símbolos sociopolíticos que demandan interpretación.

Obras realizadas durante XVIII promoción de la beca para jóvenes creadores de la Fundación Antonio Gala (Córdoba)





En el documental Un secreto en la caja, el ficticio autor ecuatoriano Marcelo Chiriboga cierra el largometraje con una afirmación rotunda cuando le preguntan qué le diría a los jóvenes autores que empiezan a escribir: Que escriban como si no tuvieran país. Yo voy un paso más allá, me atrevo adecir que el creador debe trabajar como si no tuviera ni país, ni familia, en una condición de exilio permanente. Solo de esta forma, creo, conseguimos trascender las fronteras puramente geográficas. Crear como si uno no tuviera país, pero sí memoria.

La memoria nos enseña que hasta la fotografía del ámbito más doméstico, como puede ser una de nuestra abuela vestida de luto friendo un huevo, esconde una dimensión política: por quién la protagoniza, la ropa que lleva, el sitio en el que se encuentra, las facciones del rostro, la expresión corporal, toda una serie de factores a priori no muy importantes pero que son los que configuran la carga ideológica de los símbolos. A una generación como la nuestra, espectadora en primera fila de la caída de todos los mitos del siglo XX, le corresponde plantear nuevas preguntas, resignificar todos los códigos populares y el imaginario colectivo para dotarlo de la carga simbólica que merece. Para todo esto hay un elemento clave: el archivo. Si nos acercamos al archivo, a los restos, de una forma radical, de raíz, seremos capaces de conseguirlo. Y eso precisamente es lo que hace María Rosa Aránega: construir desde las ruinas.

La condición de exiliado permanente, Juan Domingo Aguilar